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Eurabia o el Suicidio de Europa

El gran historiador Arnold J. Toynbee (1889-1975) decía que sobre la muerte de una civilización se escriben pocos libros de intriga, y ello por una buena razón. Muy excepcionalmente hay un asesino: por lo general, se trata de suicidio. América se ve abocada a “quedarse sola” en la lucha contra el ultrafundamentalismo islámico, no –o no sólo– porque la mayoría de los gobernantes europeos sea pávida y débil frente al islam. Quedará sola técnicamente, porque dentro de menos de un siglo ya no habrá europeos. La demografía los habrá barrido como barrió al imperio romano, el cual no cayó porque sus cuadradas legiones se hubieran vuelto menos cuadradas, sino porque la práctica extendida del aborto y del infanticidio había hecho posible que ya no hubiera más legionarios. Se reclutaba a bárbaros, incluso proclamándolos, sin comerlo ni beberlo, ciudadanos romanos. Cuando los bárbaros se dieron cuenta de que eran mayoría, tomaron el poder.

Esta es la tesis del analista político neoconservador canadiense Mark Steyn, en su magnífico libro America Alone: The End of the World as We Know it (Regnery, Washington 2006), uno de los libros más importantes de los últimos años, que debe interesar a todos los que se tomen en serio los destinos de Europa.

Nos extinguimos

El tema del libro es el mismo que el Papa Juan Pablo II llamaba ya en 1985, con expresión destinada a pasar a la historia, el “suicidio demográfico” de nuestro continente. En todas las partes del mundo, aquello que asombra a los no europeos es que en Europa este tema dramático no esté en el centro del debate cultural e incluso en las campañas electorales. Ningún país de Europa Occidental tiene una tasa de nacimientos por mujer que corresponda al nivel mínimo de mantenimiento de la población (2,1 hijos por mujer) indicado por los demógrafos. Italia con una tasa de 1,2 se dirige a convertirse en el país del mundo con el menor número de nacimientos, y ya lo sería si de los nacimientos registrados en los hospitales se excluyeran los hijos de inmigrantes residentes pero no ciudadanos italianos. España y Alemania compiten con Italia en este triste liderazgo. Francia ha aumentado su nivel a 1,7, pero sus datos serían similares a los italianos si se excluyeran los nacidos de mujeres –inmigradas o ciudadanas francesas– de religión musulmana. Italia, Alemania, España y Países Bajos (en este último, también, hijos de ciudadanos de religión musulmana excluidos) están por debajo del nivel en el que, según los demógrafos, es aún posible un cambio de tendencia. Esto significa que países como Italia, si la situación no cambia, reducirán a la mitad su población en el transcurso de una generación.

Cierto, las estadísticas podrán verse alteradas concediendo la ciudadanía a un alto número de inmigrantes residentes: parece ser ésta la línea del gobierno presidido por Romano Prodi [y del gobierno Zapatero también], pero se trata de un juego de naipes que, como recuerda Steyn, ya fue intentado con consecuencias desastrosas por el imperio romano. Transformar a los “bárbaros” (palabra que no era ofensiva y que indicaba originalmente sólo a aquéllos que no hablaban latín) en ciudadanos por ley no los convertía en romanos culturalmente, del mismo modo que transformar a los inmigrantes musulmanes o chinos en ciudadanos europeos por decreto no significará hacerlos europeos por cultura y por integración. Alemania perderá el equivalente de la población de Alemania del Este en medio siglo. España, en el mismo periodo, el equivalente al 25% de su actual población autóctona.

Entre tantas estadísticas, llama la atención una ya citada del teólogo católico estadounidense George Weigel y retomada por Steyn, según la cual en el 2050 Italia será un país “sin tías”: ya ahora la mayoría de los niños italianos son hijos únicos, pero dentro de menos de cuarenta años también los adultos serán al 60% hijos únicos de hijos únicos, personas que jamás habrán tenido la experiencia de un hermano o hermana y, por tanto, de un tío o de una tía.

Del suicidio demográfico se ocupan poco los moralistas, pero mucho los economistas; en particular, los especializados en pensiones. De hecho, en Europa Occidental, a pesar de que todos los Estados tratan de retrasar la edad de jubilación, crece inexorablemente el número de los jubilados, y en varias regiones cada trabajador debe ya soportar la carga de dos jubilados.

Algún entusiasta del “modelo europeo” piensa –aunque pocos tienen el valor de decirlo– que la eutanasia a la holandesa permitirá librarse de los mayores inútiles y así solucionar el problema. Otros entregan cifras, pero no sacan conclusiones. El rechazo de la clase política de muchas naciones europeas a recurrir a las drásticas reformas de pensiones sugeridas por las instituciones financieras internacionales parece no derivar tanto de la compasión hacia los jubilados –o del deseo de no perder sus votos, visto que pronto serán la mayoría de los electores– como de algo mucho más deplorable: la tendencia a esconder la cabeza en la arena frente a la dramática urgencia del problema demográfico. Como recuerda Steyn, el suicidio demográfico es también el suicidio de la socialdemocracia europea.

Eurabia

No hay ninguna garantía de que las civilizaciones duren para siempre. Su manera normal de morir es precisamente demográfica. No es necesario citar a los fundamentalistas islámicos, para quienes “quien ríe el último, ríe mejor”, y que piensan que la invasión musulmana detenida con las armas en Poitiers, Lepanto y Viena triunfará en el siglo XXI por vía demográfica, para darse cuenta de que la civilización europea corre el riesgo de acabar como la romana. En el plazo de un par de décadas, por ejemplo, “la mayoría de los adolescentes en los Países Bajos estará constituida por musulmanes”. Veinte años después, se tratará de la mayoría de los adultos en edad laboral (o incluso de la población en general, si los holandeses prosiguen extendiendo cada dos años la ley sobre la eutanasia incluyendo nuevos casos); pocos años después, serán la mayoría de los electores.

Naturalmente, hay quien defiende que esta Eurabia (la expresión se ha hecho popular gracias a Oriana Fallaci, pero la ha acuñado el historiador británico Niall Ferguson) será preciosa. Cuando en 1998 la selección de fútbol francesa ganó los Mundiales alineando una mayoría de jugadores que no habían nacido en Francia, la superioridad de la civilización francesa multiétnica y multirreligiosa fue sabiamente explicada en televisión no sólo por un buen número de intelectuales franceses, sino también por Walter Veltroni, el alcalde de Roma, ex-comunista y exponente destacado de la Izquierda Democrática. El adjetivo “multirreligiosa” no era para nada redundante respecto de “multiétnica”. También la selección brasileña, que perdió la final de aquél Mundial, era evidentemente multiétnica. Pero no era multirreligiosa: los jugadores eran todos cristianos y tenían el mal gusto, en la Francia de la laïcité, de rezar colectiva y públicamente y de salir al campo santiguándose. Algunos años después, la revuelta de las periferias parisinas del 2005 ha hecho añicos aquel bonito sueño de utopía multirreligiosa armónica y feliz.

“[…] Una Europa Occidental de mayoría musulmana constituiría, muy sencillamente, una civilización distinta de la europea que hoy conocemos. Se puede discutir si será bonita o fea, pero, en todo caso, ya no será la misma. Como escribe Steyn: “Es la demografía, estúpidos, la única cuestión importante. Europa a finales de siglo será como un continente después de una bomba de neutrones. Los grandes edificios seguirán en su lugar, pero las personas que los han construido se habrán marchado para siempre”.

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julio 5, 2007 - Posted by | COLABORACIONES

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